Entrevista para Avenida Digital – México
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Por: Luis Fernando Alcántar Romero
Rosario Spina es una escritora, periodista, docente de Argentina. Nací en Arroyo Seco, una pequeña localidad de la pampa argentina, muy cercana a Rosario, donde me mudé a los veintipico de años. Rosario es una ciudad a la vera del Río Paraná y mi lugar en el mundo.
La escritura y la lectura vienen desde que era muy pequeña, y es el hogar que llevo conmigo donde vaya.
Es, de alguna manera, como dice Deleuze, la forma de inventar un pueblo que falta. En este caso, el mío, mi propio paraje o estación.
Una escena a la que me lleva tu pregunta: Cuando tenía alrededor de ocho años escribí un cuento que luego también encuaderné.
Recuerdo muy patente la mañana siguiente, despertarme escuchando la voz de mi abuela Egipcia leyéndole el cuento a mi hermana. Yo estaba en la cama de mi mamá, y desde allí oí los últimos fragmentos de su lectura.
Fue un sentimiento extraño porque primero lo sentí como una invasión pero luego hubo ahí algo del comprender a la escritura como un gesto que una vez que sucede, ya no nos pertenece.
El periodismo cultural llega más tarde a mi vida, me había recibido de periodista y estaba incursionando en las diferentes ramas, muy segura de que mi orientación sería (siempre) la escritura.
Me parecía horroroso imaginarme frente a una cámara de TV o frente a un micrófono de radio, no me veía haciendo esos trabajos pero sí, siempre, escribiendo.
En la facultad habíamos leído muy poco sobre crónica, y de alguna manera comencé a bucear en ese género.
Yo las había incursionado brevemente cuando estudié Literatura, mi carrera anterior, pero nada que excediera el siglo XIX o a lo sumo comienzos del XX.
Gracias a un profesor de la facultad llegué a las crónicas de Leila Guerriero, y en sus textos encontré una enorme inspiración.
¿Cómo te sientes cuando escribes, lees, al reportear (ejercer periodismo cultural) y desde dónde vives esas experiencias? Depende qué esté escribiendo, varían mis estados. Si estoy escribiendo poesía necesito una especie de “tiempo fuera”.
Leer sin buscar el poema, leer en medio de una especie de contemplación. Esa clase de lectura y escritura que se asemeja más a un estado meditativo, pero que esconde también cierta inquietud.
Si bien no es algo que haya pensado antes, esta pregunta me obligó a examinar mis procesos, y encuentro que siempre —sin buscarlo— intento dejar que el silencio en medio de cada lectura de poema vaya reverberando, creciendo, haciendo lo suyo.
Y eso, muchas veces, me provoca una especie de mirada “poética”. Si estoy en modo lectura de poesías, al dejar de leer mi cabeza se pone instantáneamente a ensayar algún verso, alguna idea. Es involuntario, va saliendo.
Igualmente, como bien sabemos, la poesía también puede estar en una novela, en una crónica, puede ir impregnando diversas formas que en un principio aparentan estar desvinculadas del género, y sin embargo de él se alimentan.
Todo esto refiriéndome a la primera etapa de la escritura de un poema. Luego viene un trabajo dialéctico entre lo interior y las palabras, introspectivo y a la vez sobre el afuera, el texto.
No me gusta la palabra edición al pensar en el trabajo sobre un poema, es más que eso, o es quizás otra cosa, y por cierto muy difícil de explicarla.
Audre Lorde dice que cuando las palabras necesarias aun no existen, la poesía nos ayuda a concebirlas.
Hacia eso apunta el trabajo con un poema, una especie de gestación lenta y trabajosa, y en muchos casos también gozosa.
La escritura de crónicas tiene otros condimentos. Ya hay cierta materia prima: preguntas que motivaron esa búsqueda, desgrabaciones del reporteo, bibliografía que esté abordando.
Hay un andamiaje previo que va impulsando la escritura de otra manera. Y, por sobre todas las cosas, está el dead line.
Soy hija del rigor y lo que mejor me funciona al escribir es tener una fecha de entrega pisándome los talones. Eso hace que de alguna manera me ponga el traje de periodista y avance.
Aunque con dudas, con temores, con inseguridades, con inquietudes, avanzo y voy corrigiendo sobre lo escrito y no sobre el texto ideal que tengo en mi cabeza y que por supuesto nunca será el que efectivamente nazca.
Como sucede con el ejercicio de la maternidad, así también la escritura: abrazando lo posible para entender que lo ideal es simplemente eso, propiedad del terreno de las ideas.
Y puede ser muy paralizante quedarse en ese terreno temiendo el barro de las palabras.
Cuando el texto está terminado siento, casi siempre, un gran gozo. Odio escribir pero amo haber escrito, dice Dorothy Parker.
¿Cómo te sientes con los logros que has tenido a partir de tu camino en las letras –con la publicación de Formas de ordenar el ruido (Editorial Biblioteca, 2019)–, el periodismo cultural y la docencia? Me suena raro pensar en la palabra “logro” o en la idea de resultado, lo siento más como experiencias que fui atravesando en mis dos profesiones.
“Formas de ordenar el ruido” es mi primer hijo de papel, con todas las ilusiones y emociones que acarrean las primeras veces.
Si bien yo ya había publicado poemas y cuentos en medios de la ciudad, y crónicas en una revista de Barranquilla, Colombia, ver estas poesías en un libro, y sobre todo teniendo en cuenta la editorial que me convocó a publicar, fue una experiencia muy enriquecedora. Editorial Biblioteca representó y representa para Rosario un enorme logro de unidad popular.
Nace como una asociación vecinal pero comienza a crecer y a extenderse para ofrecer a la comunidad un proyecto educativo, cultural y social que tuvo proporciones únicas en América Latina.
Luego, con los años oscuros de las dictaduras militares en Argentina, terminó siendo intervenida y desmantelada. Un genocidio cultural.
Pasados más de treinta y cinco años cuando, gracias a una persistente lucha, vecinos, asociados, ex alumnos y ex directivos lograron unirse y reconstruirla. De su catálogo formaron parte escritores como Juan José Saer, Juan L. Ortiz y José Pedroni, entre otros.
Que me hayan convocado para participar con mi libro fue, junto con la beca que me otorgó la Fundación Gabo, una de las experiencias más gratificantes.
Lo demás, la docencia, el periodismo cultural, forman parte de mi identidad, conforman esta Rosario que soy hoy y con la que me siento a gusto.
Ya sea la literatura, ya sea el periodismo, ya sea la mediación de la lectura, son en su esencia —al menos así lo vivo— el trabajar con las palabras, que es lo que siempre quise hacer.
¿En tu experiencia, qué es para ti un texto (propio) satisfactorio? A veces, cuando estoy escribiendo, surgen nuevos sentidos que el texto mismo va descubriendo, una exploración de ciertas ideas que dan lugar a otras y de alguna manera me sorprenden.
Audre Lorde habla de “ideas por nacer, pero ya intuidas”. Es gratificante cuando eso sucede, aunque no sucede con frecuencia.
Por otro lado, otro momento que disfruto es el reencuentro con textos que dejé “leudando” y a los que vuelvo luego de un tiempo.
Esa lectura desde otra perspectiva más alejada puede ser muy reveladora e incluso aportar nuevos sentidos a lo ya escrito.
¿Tienes inclinación por la exploración de temas específicos en tu obra? Algo que me fui dando cuenta con el pasar de los años es cómo ciertos temas actúan de una manera recurrente en mi escritura.
La maternidad, la muerte, la finitud van poniéndose en diálogo con situaciones mínimas, cotidianas que me convocan y me generan necesidad de escritura.
Para mí la escritura es ante todo pregunta, y quizás sean esos temas para los que no tengo respuesta los que hacen que siga escribiendo.
Tus proyectos actuales de escritura: escribo junto a Romina Tamburello un guion de serie, Maternidark, y también estoy reeditando algunas crónicas que habían sido publicadas en diferentes medios, para reunirlas próximamente en un libro.
¿Cómo has vivido la pandemia? Al principio asustada y abrumada. Mi trabajo como docente se vio afectadísimo, hubo que barajar y dar de nuevo.
Por otro lado, criando con mi compañero a mi hija pequeña, sin poder ofrecerle actividades por fuera de nuestra casa, con la vida social, afectiva y laboral atravesada por las pantallas, fue realmente agotador.
Sin embargo, durante el primer tramo del encierro, junto a una amiga cineasta dimos forma a un proyecto de guion que veníamos soñando desde hacía un par de años.
Así nació Maternidark, que en 2021 resultó ganador del Premio Fomento que otorga el Ministerio de Cultura de la Provincia de Santa Fe. Digamos que pude encauzar un poco todo ese miedo y esa ansiedad en la escritura y fue muy energizante.
¿Qué te alegra y qué te enoja? Me enoja mucho la desvinculación de algunas personas con las luchas sociales que deberían ser motor de todes: en la zona donde vivo se queman diariamente cientos de hectáreas de humedales para favorecer los agronegocios, hay femicidios cada treinta horas, hay mucha pobreza, el narcotráfico copa la ciudad y la vuelve intransitable.
Sin embargo viven/vivimos como en piloto automático, o replicando discursos individualistas al estilo de “el poder del cambio está en vos” como si el camino fuera mayor desvinculación, mayor individualismo.
Como si los problemas que viven miles de personas fueran producto de “malas decisiones” que han tomado solitas en su vida, y no resultado de una estructura capitalista, patriarcal, que busca justamente que estemos desorganizados y culposos, creyendo que el cien por cien de la responsabilidad de nuestra vida es fruto de nuestras decisiones y no parte de una estructura mayor, que históricamente ha generado desigualdad y devastación.
Los grandes cambios sociales —ya lo hemos vivido en Argentina con la despenalización del aborto— se logran con la unión de las luchas populares y no con esos discursos vacíos.
Por otro lado, yendo a un terreno más personal, hoy día me alegran varias cosas. Una es mi rutina, porque mis dos profesiones —escritura y docencia— me dan energía vital diaria.
Me alegra (y asombra) también el ejercicio de la maternidad. Me costó mucho los primeros años y ahora siento que realmente puedo disfrutarlo, disfrutar el crecimiento de mi hija, sus preguntas, sus comentarios, su compañía.
Todo ese salto subjetivo y altamente costoso que significó la maternidad está ahora volviendo con pequeñas alegrías que me trae Almudena. Y, como decía más arriba, también repleta de asombros por la velocidad con que les hijes van creciendo y mutando.
Me siento una especie de guardiana del hielo, al decir de Watanabe. Ser testigo y compañía de esa evanescencia huidiza que es el crecimiento de un ser humano en sus primeros años, es para mí un hallazgo y un regalo diario que agradezco.
Un día en tu vida: lecturas pendientes, crónicas y entrevistas en proceso, planificación de clases y correcciones, actividades y juegos con mi hija, wasap con amigas, charlas con mi pareja, trámites, encuentros, despedidas.
Recordando siempre dos citas que me marcaron muy pronto. La primera, de Pennac (creo que la he modificado con los años): “El tiempo para escribir, como el tiempo para amar, hay que robárselo a la vida”.
La segunda, de Rilke, aparece en sus “Cartas a un joven poeta” y yo la robé así, tal cual este fragmento (no eran épocas de cámaras en los celulares) de un afiche pegado en el profesorado donde estudiaba:
“…pregúntese en la hora más serena de su noche: ¿debo escribir? Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted se enfrenta a esta pregunta con un enérgico y sencillo debo, construya su vida en torno a esa necesidad”
Futuro: A veces viviendo sola, en compañía de un gato, en un departamento mínimo que solo me permita ir de la biblioteca a la mesa, y de la mesa a la cama. Donde casi no tenga que limpiar ni cocinar. Con mucho tiempo para leer y escribir.
A veces rodeada de marido e hijes. Una mesa enorme. Domingos de ruidos de vajilla, café de sobremesa y charla.
A veces viajando por el mundo con un diminuto bolso.
A veces como estudiante crónica de antropología o de filosofía.
A veces mudada al campo, comiendo de los alimentos que yo misma produzca, agreste y despreocupada.
A veces entregando todas las horas del día a la danza jazz.
Siempre en estado de lectura y escritura, que son mi alimento espiritual.
Pero no me fío, soy fabuladora.
Ser recordada: no sé si las demás personas me recordarán pero como ejercicio hipotético me ayuda pensar sobre todo cómo quisiera que me recuerde mi hija.
Y pienso que me gustaría que me recuerde como yo recuerdo a mi papá: alguien que hizo todo lo que quiso hacer, que hasta último momento exprimió la vida y se fue al otro (improbable) lado habiendo vivido intensamente.
Me parece que el trampolín más liviano para dar el salto a la vida que podemos crearles a nuestros hijos e hijas no es dar la vida por ellos, de hecho creo que no hay peor carga.
Una memoria cargada de deseos cumplidos, o al menos de deseos intentados, no desoídos, una memoria cargada de vida vivida, esa imagen me gustaría dejarle.

